*poesía latinoamericana actual*

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jueves, 11 de septiembre de 2014

Un dibujo del mundo

Este es el cálido texto que leyó Juana Roggero para la presentación del libro "Un dibujo del mundo" de Verónica Pérez Arango.

Pueden conseguir el libro en los siguientes puntos de venta:
Guantes de mimbre y luz (Serrano 919) Villa Crespo
Espacio Vincapervina (Alvarado 459) Ramos Mejía
La Musaraña libros (José María paz 1530) Florida- Vicente López
Librería Mi casa (previa cita: https://www.facebook.com/libreria.micasa)


Verónica es como su libro: sorprendente, delicada, revolucionaria. Amorosa y contemplativa. Su hijo de papel, como ella lo llamó, parece haber heredado lo mejor de ella.

Creer en caballitos de mar, en agua cristalina, en burbujas y en música marina. Creer y morir de eso. Creer y, después, naufragar.

La luz del verano quema. Los años felices pueden ser tremendos. Los naufragios son continuos. Pero algo nos salva para que sigamos haciendo pie. Una abuela alimentada a base de goteo y excesos de azúcar, una catástrofe que se lleva todo y nos deja con lo puesto, una casa deshecha. Aún así, hay preguntas. Quizás sea la curiosidad una manera de seguir haciendo pie.

“Cada gota de agua detenida por la sequedad de la piel es un espejo mínimo donde van a beber los animales. Si las gotas caen, se perfora la arena.” Hay algo mínimo que cambia todo. La atención al movimiento de la miniatura es un acto de amor. NO da lo mismo: aquí cada palabra y cada silencio cuentan. La voz dramática, por momentos categórica, de Un dibujo del mundo, es valiente. Porque se anima a MIRAR, a mirar la diversidad y no solo una parte; a estar de un lado y no de todos al mismo tiempo. ¡Tiene tanto coraje esta voz! Porque no calla aunque duela, de repente, tanta luz. Porque no teme encontrarse, aunque sofoque.

“Nunca vamos a andar en trineo”. Esto puede ser una verdadera tragedia. Tanto como quedar “en vela por el resto de tu existencia” por el ruido del camión de la basura.

La luz del verano es hipnótica: “adormece las ganas de salir”. Y me pregunto: ¿qué pasa cuando tenemos que ser felices? La mirada se vuelve contemplación y reflexión en medio de escenas vacacionales donde se supone que la mente descansa. El tiempo se ha suspendido. En la playa, hay aplausos para el niño perdido. ¿Cuánto tiempo hay que esperar una ola? “El paisaje casi no se mueve salvo por alguna gaviota o una ola más grande que la anterior.” Los ojos se detienen en cada pincelada, de una manera encantadoramente obsesiva: “aquel hombre, por ejemplo, carga castillos en un balde rojo y la mujer a su lado se lame los labios. No siente el gusto de la sal, nace allí una gota de sangre”.

Los años felices pueden enumerarse y fragmentarse como si fueran las partes del cuerpo humano. Los años felices tienen que poder nombrarse con precisión, con la obsesión del detalle. La felicidad es algo concreto: un niño con letargo (quieto como si ya no viviera) es salvado por caballos desbocados. Cuando uno inventa, es feliz.

¿Será que las decepciones de este mundo son como ir a un acuario a ver caballitos de mar y encontrarse con tubitos de goma de oxígeno que no funcionan?

“Armar un libro de poemas o una casa nueva… o detener el tiempo.” Algunas opciones de los años felices. Una y otra vez, la búsqueda de atrapar el tiempo, sostenerlo como si existiera realmente, y taparlo como podemos tapar la misma luz del sol cuando quema.

Los naufragios, la catástrofe. ¿Es la propia razón? ¿El entendimiento? ¿Dónde estará todo lo que se perdió, todo lo que vamos perdiendo? “Las olas del mar no alcanzan para tapar la materia”. Como si dijéramos: la sangre va a seguir estando, somos humanos. O va a seguir haciendo frío.

El equilibrio del universo es tan frágil que en cualquier momento puede alterarse para siempre. Y este dibujo del mundo tiene plena conciencia de esto. La carroña, los muertos, la anciana que gatea y se caga encima… la destrucción del mundo también nos pertenece.

“Quién da más pena, quién sufrió más, quién salió indemne…”

En la tragedia, enumerar no sirve de nada. Nombrar no sirve de nada. Habitar sirve, a veces.

¿Qué pasa cuando destrozan nuestra casa o nuestro corazón?

Puede que dos células se intuyan mágicamente en medio de la noche. Que nos hagamos invisibles. Que amasemos y digamos la palabra “nuestra”. Que paseemos por el límite con la naturaleza. Que confiemos también en la oscuridad.

Quizás un poco gracias a las grietas y a los monstruos, hay dibujos del mundo como el de Verónica Pérez Arango.


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